Home > novedades > GANADORES DEL 4º CONCURSO LITERARIO “RECUERDOS”

En el marco de las actividades programadas con motivo del Día de Reyes, se dieron a conocer los ganadores de dicho Concurso, a continuación se hizo entrega del Diplomas, Medallas y premios en efectivo. Los ganadores fueron los siguientes:

PRIMER PREMIO: OBRA: “De jabones y piratas”

SEUDONIMO: Bartolina

AUTORA:  Lucrecia Ferrari de la ciudad de Ayacucho.

 

SEGUNDO PREMIO: OBRA: “Extraños”

SEUDONIMO: Magalí Cubichen

AUTORA: María Florencia Bondaruk de CABA

 

MENCION ESPECIAL: OBRA: “La infancia robada”

SEUDONIMO: Pétalos marchitos

AUTORA: Mónica Rufina Pedraza de CABA

Agradecemos especialmente al jurado conformado por los Profesores de Literatura Aldana Tentella, Jorge Galzadet y Maricel Azurmendi, todos de la localidad de Ayacucho y también a los participantes, en esta oportunidad recibiendo la Institución más de 100 obras. Estamos gratificados por ver como este Concurso año a año va creciendo. A continuación transcribimos los cuentos premiados.

 

1º PREMIO:

De jabones y piratas

Pasaron esquivando gente y pidiendo permiso, preguntando a personas que apenas retiraban la mirada de su celular al escuchar su voz.

-¿Acá atiende la pediatra Laura Galarraga?

-…. sí, es acá- respondió desde el otro lado del pasillo una señora que disfrutaba de la espera, mientras envolvía su boca en un pañuelo rojo de seda. En su casa estaba demasiado tiempo sola y había encontrado entre las salas de espera de sus interminables consultas la compañía deseada.

Graciela se sentó en el único lugar libre que quedaba, no sin antes esperar unos minutos y comprobar que nadie más pretendía ese asiento; acomodó a su hija entre sus piernas a la vez que le acomodaba la ropa.

-Tati, vení, quedáte acá conmigo; ya nos van a llamar.

Tatiana había pasado toda la noche muy descompuesta, así que Graciela pidió permiso en su trabajo para llevarla al hospital. No le gustaba faltar; la señora le decía: “pero sí querida, no te preocupes, sabés que conmigo no tenés problemas…” pero al otro día la mandaba a acomodar el altillo, o le pedía que le limpie en el mismo día hornos, heladeras y despensa, cosa que hacía de vez en cuando al recibir a los suegros de Buenos Aires. No le gustaba faltar pero su hija era más importante.

Tati era muy grande para tenerla a upa. Tenía 9 años. Ni bien pudo se sentó al lado de su madre, quien le iba a sobar la espalda con la presión justa, intentando con cada movimiento hacer desaparecer su malestar.

Cada vez que se abría la puerta del consultorio y se escuchaba un apellido, Graciela podía adivinar la tensión en la voz de la Doctora. Escuchaba el “Buen día” respetuoso de algún que otro paciente, pero no llegaba a escuchar si había respuesta. La puerta se cerraba antes.

Al cabo de casi 2 horas de espera, al fin dijeron su apellido:

  • Fontana, Tatiana- al mismo tiempo en que el último paciente aún estaba terminando de abrigarse.

Graciela saltó de su asiento como si un resorte al fin relajara su tensión. Ellas habían esperado casi 2 horas pero no podía hacer esperar a la doctora ni un minuto.

  • Vamos Tati, nos toca… dale…. A ver si piensan que no estamos.

La Doctora llevaba 16 horas de guardia y eso se notaba en sus ojos apagados , en su pelo, en su piel.

Si esa escena hubiese sido parte de una película, seguramente una cámara se acercaría vertiginosamente a Laura, a su pupila dilatada, recorrido sus nervios ópticos, llegaría a un sinfín de de conexiones neuronales para volver a escena unos 20 años antes, para reconocerse en esa niña.

El pelo negro recogido en una cola de caballo bien tirante, sin un cabello fuera de lugar; su ropa impecable, pero 2 talles menos, con su timidez disimulada en su malestar, de la mano de su madre, tan respetuosa como agobiada después de una larga noche.

Toda la tensión y cansancio que Graciela adivinaba en la voz de la Doctora se disiparon en una sonrisa al acercarse aún más a Tatiana y  y preguntarle con una ternura que ella misma desconoció:

-Hola Tatiana, ¿cómo estás? Estás un poco pálida, vení, sentáte acá. ¿Te sentís mal?

-Estuvo devolviendo toda la noche Doctora. Fue al cumpleaños de la Mili ayer y se ve que comió algo de más porque no ha parado de descomponerse- dijo Graciela  fregando nerviosa sus manos, esperando que se recupere pronto; no le gustaba verla así y necesitaba volver al trabajo.

La consulta no fue muy diferente a cualquier otra. Gastroenteritis. Tratamiento: dieta blanda y mucho líquido.

Tatiana y Graciela se fueron y le siguieron 5 pacientes más. Cuando ya iban 21 horas de guardia, Laura se encontró en el office donde descansan los médicos, con los ojos vidriosos.

Tatiana le recordó una época de su infancia que durante mucho tiempo había ignorado, no por desagradecida ni por resentimiento, sino porque la rutina le planteaba un ritmo que no tenía lugar para esos recuerdos.

Cuando  Laura era chica, su mamá y sus 5 hermanos vivían en una casita prestada de una tía; no tenían demasiadas comodidades, pero luego de haber vivido en un ambiente realmente violento, esa casa de paredes húmedas y ambientes pequeños era un palacio.  Era tranquilo. Que no era poco. Su mamá, Mabel, empleada municipal, trabajaba muchas horas al día para sostener esa familia ahora monoparental. No estaba mucho en casa, lo que hacía que la hora del baño se convirtiera en lo favorito de su día. Mabel no estaba cuando se iban a la escuela, ni cuando volvían. No estaba para llevarlos a la plaza ni a clases de inglés que no podían pagar. Pero estaba para la hora del baño. Se había convertido en su momento juntos. A la tardecita y mientras se cocinaba, Mabel bañaba uno a uno a los 6 hermanos. De pronto el agua de la ducha se convertía en una increíble cascada en medio de una selva tropical, o el agua que se juntaba en la bañera era ahora un mar embravecido contra los barquitos de jabón y tarros de shampoo. Cuando fueron creciendo y se negaban a que su mamá los bañara como si fueran pequeños. Mabel continuó con su ritual, ese que ahora había reconocido Laura en el olor de la ropa de Tatiana.

Como la casa no tenía calefacción más que en la cocina, Mabel calentaba las toallas con las que iba a abrazar a sus hijos al salir de la ducha, aprisionándola con las rejillas de la cocina y haciendo un puente con la puerta del horno. Luego, sobre el calefactor cuando al fin pudieron colocarlo.

En las toallas quedaban las marcas del calor cuando el juego era tan entretenido que más de una vez el olor a tela empezando a quemarse la devolvía a la realidad.

Ese olor a toalla calentita, era el abrazo de su madre.

Esa ropa que Tatiana tenía y que Graciela había secado con la plancha, pues no se había secado y era lo mejor que tenía y se había puesto para el cumpleaños, era también lo que usaba para ir al Doctor. Ese era el aroma de su infancia.

Ni pucheros de familia numerosa, mucho menos un asado cada fin de semana, ni tallarines caseros secándose en el patio. Tuvo una infancia plena, sencilla, feliz, donde el olor de una toalla quemada era el mejor reflejo de sus aventuras de piratas, donde el capitán que la rescataba era su madre, a quien extrañaba con toda la fuerza de su corazón.

Ahora, cada vez que la Doctora Laura Galarraga debe leer el apellido Fontana para llamar a un paciente, tiene la esperanza de que sea Tatiana con su aroma inconfundible quien vaya a visitarla al hospital, pero claro, eso significaría que estuviera enferma y no es lo que en realidad quiere.

Mientras tanto, no ve la hora de que su vientre crezca para poder calentar toallas en su cocina.

Seudónimo: Bartolina

 

Autora: Lucrecia Avelina Ferrari

 

2º PREMIO:

Extraños

Era un día normal, un día como cualquier otro. Otra jornada en la que tendría que hacer lo que ya se había vuelto una rutina. Al traspasar el umbral de la puerta, Federico pensó en lo irónico de la situación: “cuando tenía sentido venir, venía cada tanto; ahora que es inútil, vengo todos los días”.

Es que, si bien siempre había sido muy unido a su madre, sus visitas solían ser frecuentes pero no diarias. Sí la llamaba todos los días, pero con el tiempo tuvo que aceptar que las llamadas no tenían razón de ser.

Entró al cuarto de la dueña de casa y la vio, ausente, como siempre desde hacía unos meses, desde que la enfermedad había empeorado. La saludó con un beso en la frente y decidió que lo mejor que podía hacer era limpiar un poco el cuarto. No es que estuviera muy sucio, pero de alguna forma debía utilizar el tiempo. Agarró una escoba y un trapo y comenzó a sacarle el polvo a los muebles. Sin querer, tiró el control de la televisión atrás de la mesita de luz. Corrió el mueble para levantarlo y vio un sobre de color azul, su favorito. Lo tomó, extrañado, y encontró una carta en su interior. Comenzó a leer:

“A mi incondicional compañero de vida:

Te escribo esta carta sin ninguna certeza de poder terminarla. Espero nada más que este instante de lucidez dure lo suficiente para lograr mi propósito. Nunca odié las despedidas, creo que son algo necesario, que nunca se puede dar inicio a un nuevo ciclo si no cerramos bien el anterior. Me encantaría poder hacer esto en persona, poder mirarte esos ojos hermosos que tenés, igualitos a los de tu papá, mientras te digo lo que estoy escribiendo. Pero no puedo arriesgarme a no escribir esto, porque no sé cuándo voy a tener otra chance de comunicarme, si es que el destino me concede otra.

 Te escribo entonces, para despedirme, hijo mío. Es difícil, no sé muy bien cómo hacerlo, no hay una serie de instrucciones que pueda seguir. Quiero empezar pidiéndote un favor: recordame como la persona que soy. Recordame como en esta carta, recordame como hace algunos años, recordame como verdaderamente fui todos estos años. La persona que tengas en frente cuando leas esta carte probablemente no sea yo. Puede ser que esté vestida igual y que tenga mis mismas facciones, pero te aseguro que yo no soy. Mi cuerpo va a estar ahí, pero mi alma no. Después de todo, ¿qué es un cuerpo sin los recuerdos de la persona que lo habita? Creo fervientemente que las experiencias forjan la personalidad, que a partir de los recuerdos se consigue la esencia de la persona. Por eso vuelvo a lo mismo, no sé a quién tenés en frente pero, sea quien sea esa persona, no la conozco.

Quiero aprovechar esta oportunidad para recordarte el papel fundamental que siempre tuviste en mi vida. Confío en que siempre supiste lo mucho que te amo, pero estoy segura de que ahora que estás esperando la llegada de Clarita me entendés un poco más. Ahora sos capaz de aunque sea vislumbrar la inmensidad del amor que una madre o un padre puede tenerle a su hijo o hija y te aseguro que, cuando nazca, me vas a dar la razón en todas esas peleas que tuvimos en tu infancia, en las que yo te decía que no existía la posibilidad de que vos me amaras más y vos te enojabas y seguías proclamando a los gritos que tu amor era más grande.

Mientras escribo, millones de recuerdos pasan por mi mente en un torbellino. Momentos que de alguna forma se me hacen efímeros y eternos a la vez. La primera vez que te tuve en mis brazos, tu primer día de jardín y tu entrega de diplomas en la secundaria, el día que me presentaste a tu novia, tus primeras palabras, la noticia del embarazo de Sofía, la primera vez que te tomaste un colectivo solo, el día que sacaste tu registro, tu casamiento, tu fiesta de 18, tu viaje de egresados, tus carcajadas y patadas mientras te hago cosquillas. No hay orden cronológico en mi cabeza, todo se agrupa al azar, pero muestra sólo momentos felices. No sé qué pasará con todas estas imágenes, pero estoy segura de que a algún lado van. Tienen algo indefinible que me hace sentir que son indelebles, aunque la realidad me muestre día a día que estoy errada. Pero, por si todo esto se borra definitivamente de mi cabeza mañana, quiero que sepas que, hasta el último momento, mi principal pensamiento fuiste vos.

Fuiste y seguís siendo lo más importante que tengo, lo mejor que me dio la vida. Me llenaste el alma de orgullo y alegría en innumerables ocasiones y no tengo manera de agradecerte lo suficiente. Me mantuviste a flote, impediste que me hundiera cuando pasó lo de tu papá. Fuiste mi sostén durante todos estos años y por eso estoy eternamente en deuda con vos. Pero ya no hay nada que puedas hacer. Te pido con todo el amor del mundo un último favor: viví tu vida. Ya me cuidaste el tiempo suficiente. No podría perdonarme que sigas perdiéndote cosas por mí. Por favor, viví, crecé, esforzate por ser cada día un poquito mejor. Quiero que te lleves un buen recuerdo mío, que me pienses y puedas sonreír por los buenos días. Yo, desde donde sea que esté, voy a estar cuidándote y alegrándome por vos y la hermosa familia que estás construyendo.

Confío en que en algún momento, de alguna forma, nos vamos a volver a encontrar. Ta amo como solo una madre puede amar.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas. No sabía cómo había podido leer la carta entera. Sería inútil intentar describir lo que sintió en ese momento, era ese tipo de emoción que sólo comprende quien la ha vivido. Innumerables e incontrolables sensaciones le recorrían el cuerpo, pero no era algo desagradable. Miró a la mujer acostada en la cama. En ella vio todos los recuerdos de su infancia, todos los momentos compartidos, pero a la distancia. Como si esa persona que lo observaba no fuera más que una imagen, una simple foto de lo que alguien fue en algún momento. Fue al baño, se lavó la cara, volvió al cuarto y abrazó a aquella señora. Ella pareció entender y le devolvió el abrazo. Y lo quiso. Lo quiso tanto como se puede querer a un completo extraño.

 

Seudónimo: Magalí Cubichen

Autora: María Florencia Bondaruk

 

 

MENCIÓN ESPECIAL:

La infancia robada

 

Afuera, sentada en el porche de su casa con sus nueve años recién cumplidos Matilde mientras esperaba que su madre encontrara la llave, comenzó a recordar su encuentro con Marta.  Su rostro expresaba alerta y confusión.  Su mirada confundida, profundamente inquieta y desconcertada lo confirmaba.  Ella lo percibió.  Un sentimiento de zozobra se apoderó de su ser al rememorar todo lo sucedido esa tarde.

Recordó cómo los dedos de Marta sucumbieron en su propósito de seguir escribiendo mientras ella  dibujaba la entrada del consultorio.  Allí estaría en breve, deseaba que su madre no encuentre  el llavero.    La conocía muy bien, para ella era una mujer muy previsible.  Caminaría gritando por toda la casa, abriendo cajones, alacenas, revisando todos los bolsos, carteras y hasta su mochila en cuyo interior guardaba la cartuchera con el celular de su amiga  Betty, su mejor amiga; luego la miraría a los ojos y la increparía diciéndole:”- decime ya mismo dónde escondiste las llaves, ¿entendiste?” “– Contestá ¿dónde están?”  Se lamentaba no tener el coraje  y el carácter de su amiga;  ella en su lugar, las hubiera tirado a la basura.

Betty trataba de ayudarla y de hacer justicia a su modo y de paso conseguir muchos likes, total le repetía: “vos no tenés la culpa ¿qué nos puede pasar?”  Y le guardó ella misma su celular en la cartuchera para que grabe todo y después lo subirían a todas las redes sociales: “tu mamá no tiene por qué enterarse, si ese es tu problema. Si querés abrimos una cuenta nueva con un nombre falso ¿tu vieja cómo lo va a descubrir  si ni siquiera sabe prender la computadora?”

Finalmente todo terminaría con una llamada al consultorio del odontólogo para pedir disculpas por la tardanza

Sabía que su madre no tardaría mucho en encontrarlas.  Últimamente, las perdía con bastante frecuencia pero después de vomitar varios insultos, las encontraba.  Su madre tomaría con su mano la manija de la puerta, introduciría la llave en la cerradura y la haría girar dos veces sin que ella pudiera impedirlo.  También se presentó en su recuerdo la abu soñadora de los cuentos ubicados en los estantes de su biblioteca escolar.

A pesar de su corta edad poseía una mirada triste y cansina tal vez porque creía que nadie (salvo esas dos  mujeres que no formaban parte de su familia), daría crédito a sus palabras.

Sus ojos recorrieron los sucios sócalos del zaguán, las quebradizas baldosas por las que transitaban todo tipo de insectos y un centenar de  hormigas  portando en su lomo una hoja seca

Escuchó los pasos de su madre  transitar por el largo pasillo que separaba la puerta de su departamento de la del porche.  Se acercaba hacía ella.

Experimentó un sabor amargo y repugnante.  Sabía que no podía evitar que su madre la lleve al dentista, se sentía culpable por haber comido tantos caramelos masticables, odiaba a ese hombre que apoyaba su pie  en el pedal del sillón para elevarla y tenerla más cerca para saciar sus deseos.  Ella obedecía a su antojo; una inercia inexplicable la mantenía atornillada al sillón.

Un sentimiento extraño y contradictorio se apoderó de su ser cuando entró al consultorio.  Bronca por soportar lo que no quería, por no ser como su amiga Betty pero al mismo tiempo se amilanó al imaginar las posibles consecuencias que tendría si seguía los consejos de su amiga o si ella  no cumplía su promesa de guardarle el secreto y lo contaba. Pronto se tranquilizó Betty era impulsiva, inquieta y un poco vengativa. Pero no buchona;  prefería cualquier castigo antes de delatar a una compañera.  Se jugaba por una causa justa y hasta era capaz de desplegar sus dotes  actorales para ayudar a una amiga.  Se presentó en su recuerdo el día que Betty gritó: “me ahogo” mientras se quitaba el buzo y se desplomaba sobre las piernas de su  compañero.  La imagen le provocó risa.  Facundo Nadab usó su cuaderno para apantallarla.  La docente  avisó a la directora.  Llegó la ambulancia.  Llamaron a los padres de Betty y suspendieron la evaluación de matemática.  Betty era la que más sabía, lo hizo para ayudar, después contó la verdad, pero ahora era distinto.

Pensó en el último encuentro que tuvo con Marta, fue distinto.  Le insistió para que hablara de eso que ella no quería pero le pidió que haga un esfuerzo.  Matilde comenzó narrándole cómo el odontólogo apartaba la mesa de operatoria y de tanto en tanto hacía chocar la jeringa de aire o el sindesmote  con el mango del torno para hacer ruido y distraer a la clientela que esperaba junto a su madre.  Recordó la única pregunta de Marta “¿por qué no te levantaste del sillón, si no estabas atada?”.  Marta tenía razón, al recordar esa pregunta sintió que se estaba desatornillando del sillón y empezó a moverse.  Mientras estos pensamientos deambulaban  en su cerebro escuchó que llamaban a la puerta y la voz de la secretaria  que preguntaba: “¿ Es la primera vez?” La respuesta no llegó a escucharla, sólo un murmullo y minutos más tarde la contestación: “ no, es una consulta particular”. La secretaria  invitó a la señora  y a su pequeña hija a tomar asiento.  Ambas se ubicaron cerca de la puerta.

Ese hombre de un metro ochenta, cuyo consultorio con clientela incluida, había pertenecido anteriormente a su padre, la esperaba disfrutando en su interior con la imagen de esa niña  torpe que para él era menos que un animalito.  Sabía que gozaba de impunidad, que ella no se lo contaría a sus padres, y si por azar esto pasaba, él contaba con su prestigio y con el de su padre, con una trayectoria que lo avalaba.  Gozaba  recordando cómo ella bajaba la vista avergonzada después de cada abuso, sin atreverse a mirarlo, sólo obedecía órdenes.  Esta vez la había esperado con un poco de ansiedad, quería relajarse, necesitaba descargar, se había visto a si mismo  caer exánime sobre su sillón y los ojos amotinados detrás del flequillo se pondrían rojos y ella se los refregaría con sus dedos manchados de tinta.

Matilde llegó como siempre, acompañada de su madre.  Cuando él empezó a tamborilear la pinza sobre la mesa de operatoria  e intentó tomar el rostro de la pequeña como otras veces, ella no enmudeció, por primera vez lo miró a los ojos. Él le sostuvo la mirada para atemorizarla, sabía que era una presa fácil, pero ella no cedió. Un poco con fastidio y otro poco con enojo le preguntó con sorna: “¿qué  te pasa, ahora te hacés la difícil?” – “No” – replicó ella y agregó : “se lo conté a Betty y a Marta.”

-“¿Quién es  Marta le preguntó aunque  no se imaginaba la respuesta.”

Con los ojos enrojecidos de bronca: “ Marta es mi  psicóloga”

El odontólogo se preocupó un poco pero no lo suficiente como para reprimir su deseo.  Pensó en su abogado, por las dudas, aunque desestimaba su intervención.  Sabía que no tendría consecuencias legales, los padres de la menor jamás se atreverían a denunciarlo.  Se desabrochó los botones del pantalón, tomó el rostro de la pequeña, ella forcejeó para apartarlo.  Esto lo molestó.  No se dio cuenta y elevó el tono de voz increpándola: “ No me hagas perder el tiempo”- Matilde estaba asustada, susurró: “ no quiero” y agregó también:” lo sabe Betty.”

Esta vez con el pantalón bajado hasta la rodilla y muerto de risa le replicó: “No inventes, Betty es otra psicóloga”.

La nena que acababa de llegar  acompañada de su madre y que permanecía sentada cerca de la puerta  al escuchar su nombre se levantó y ante la sorpresa de todos los presentes, abrió violentamente la puerta y le gritó: “ Betty soy yo”

Seudónimo: Pétalos marchitos

Autor: Mónica Rufina Pedraza