Home > novedades > Obras premiadas en el 3º Concurso Literario “Un sueño… Una historia”

1º PREMIO:

SEMPITERNA MUDANZA

Un sueño ausente es un sueño acaecido. Se viste de duelo y se desdibuja en la meseta del tiempo de la nada.

Un sueño errante, colisionando en el cielo, es pura ingenuidad. Barquito de papel barrilete que se abate en las mareas emocionales y estacionales.

Sueños pobres sostenidos en la espera de la confianza. Engranajes roídos por la monotonía. Herrumbre. Almanaque de hojas desgajado ritualmente día a día.

Sueños lúcidos… no sé… cuando llegué ya estaban creados… vehementes… de galana inquieta y ¡zapatos lustrados!

Un sueño sin soñador, es un sueño que se sueña a sí mismo. Luego el sueño proyecta un soñador… soñando un sueño. (Te ríes) Y así creó Dios un sueño de vida y creó a muchos soñadores soñando el día y otros tantos la noche.

Mientras tanto, en la infinitud de los sueños, un soñador despierta sin prisa y comienza a crear una imagen furtiva, irremediablemente escurridiza en el abismo del pensamiento. Reúne las piezas actuantes, ordena las secuencias, implora una canción; la gracia y la fe contribuyen.

El soñador pide sincronías y propósito –no es arbitrario- tiene grandes expectativas soñando.

¡Es un sueño consciente, gestándose!

Coherencia e imaginación: ingredientes indispensables.

Rumbo y conciencia. Claridad y expresión.

-¿Dudas aún de que los sueños se generan en el caos?… (Vuelves a reír)

Suena el despertador 6 a.m. Ya está amaneciendo. Alguien ha soñado el día.

Mi alma bendice la vida. Me siento renovada.

Intento soñar despierta… mi mente me distrae… se dispersa mi atención en el caos que soñé.

Vuelvo a intentarlo. Recuerdo las claves.

Enfoque. Intención. Conocimiento. Una catarata de audacia.

¡Descubro que el caos es un escenario de varios órdenes perfectos, superpuestos!

El pensamiento, la punta del ovillo. Voy a recorrer lo creado a la inversa… hasta llegar al pensamiento o sueño que lo originó.

Entro en el laberinto de lo no creado, no dicho, nunca antes oído. Deslizándome por la barandilla del oído ingreso en el circuito de la comprensión auditiva para sumergirme en un estado semiconsciente. Pierdo el foco de la atención y me desordeno en la infinitud del pensamiento. Comprimida por los fantasmas de algún absurdo lugar, combato a muerte y me exilio. Le quito los latidos al corazón de mis propias creencias limitantes. El sueño se sostiene. Encuentro un reloj sin agujas… lo guardo en el bolsillo y sonrío. Espero. Respiro. Me inquieta una canilla que gotea. Me levanto. Camino. Sonrío. Regreso al tiempo presente. Me sostengo.

Soy mi propio sueño en sempiterna mudanza.

 

Seudónimo: Moon Way

Autora: Alejandra Sada

2º PREMIO:

“ENCUENTRO HIPERTEXTUAL”

Resoplás mirando hacia un costado. ¿Por qué el hombre se sentó tan cerca de vos, habiendo sitios vacíos en el comedor? Tampoco te movés de tu propio asiento. Es un acuerdo tácito: ninguno de los dos piensa ceder.

En un acto de completa sinceridad (anormal en vos) te confesás que el contacto humano no es tan desagradable. Hay un plácido confort en aquella silenciosa compañía. Es curioso, pero quince minutos cerca de aquel extraño te apaciguan más que un baño de agua caliente.

Son sólo ustedes dos junto a otro noctámbulo de la noche, sentado también sobre la barra, pero del otro lado. El mozo comienza a pasar el trapo sobre la mesada indicando que falta poco para cerrar. Sabés que no podrás seguir estirando lo inevitable. El arma pide acción a gritos dentro de tu apretado bolso. Es tiempo de completar el encargo.

Decidís poner manos a la obra cuando, de pronto, una voz murmura a tu lado:

-¿Por qué venís acá todas las noches? –dice él mientras ordena dos whiskys-. Siempre estás desde las once hasta después del cierre. Me da mucha curiosidad.

#Si elegís responderle, pasá al apartado (A).

Si preferís ignorar su comentario, pasá al apartado (B)#.

 

(A)

-No hay otro lugar donde preferiría estar- respondés con frialdad.

El hombre sonríe y se acerca un poco más. Te ruborizás cuando el acercamiento permite detectar su perfume. Hablan, coquetean, se seducen. No se siente nada mal.

-No sé tu nombre- dice él, con una dulzura irresistible en sus ojos pardos.

#Si elegís decirle tu nombre, pasá al apartado (C).

Si, de otro modo, preferís no revelarlo, pasá al apartado (D)#.

(B)

¿Por qué ha decidido hablarte justo hoy, exactamente el día que va a dejar de existir? Han estado juntos (pero separados) las últimas 5 noches, y nunca te ha dirigido la palabra. ¿Por qué ahora? No sabés quién es, ni te importa. Te mandaron a liquidarlo; eso es lo que sabés hacer mejor. Estás dudando demasiado, te encariñaste un poco. Aunque no lo poseas, verlo te ayuda a ocultar la amargura. Debe haber hecho algo malo para que alguien lo quiera muerto, ¿no? Entonces: es matar, o dejar vivir.

#Si elegís terminar el trabajo, pasá al apartado (E).

Si resolvés dejar ir al hombre, pasá al apartado (F)#.

(C)

-Soy Liz.

-Soy Max. Maxwell.

-Hola, Max- decís tomando el vaso de whisky que te ofreció. Él te detiene poniendo su mano sobre la tuya.

-Me fascinás. Encontrémonos de nuevo acá mañana. Cenemos juntos.

Cerrás los ojos y finalmente expresás:

-Lo voy a intentar.

Tu voz está pincelada con trazos de miedo e incertidumbre, pero la idea de volver a verlo te provoca, te vivifica. Quizás la misión pueda esperar una noche más.

#Pasá al apartado (G).

(D)

Darle tu nombre implica involucrarte, y esa no es una opción. Al final del día, un trabajo es un trabajo. Y eso significa dinero. Metés tu mano en la cartera y tomás una pequeña calibre 22. De un disparo rápido le reventás la sien al hombre que nunca podrás conocer. El mozo y el otro se convierten en daños colaterales, padeciendo la misma fatalidad.

Ha sido una innecesaria masacre, pero la paga es buena. Dinero sucio, quizás, pero dinero al fin.

#Pasá al apartado (G).

(E)

Lo miras decidida, por primera vez en la noche. Es momento de atar algunos cabos sueltos. Le sonríes y tomás un sorbo del whisky que te obsequió.

-Lo siento mucho… – decís mientras buscas el arma.

-Yo también- te responde justo cuando resbalás al piso, volcando el resto de tu bebida.

Tu cabeza te da vueltas, y el estómago cruje.

-No me diste otra alternativa- confiesa él, señalando el trago envenenado.

#Pasá al apartado (G).

(F)

-Es tarde- susurrás-. Me tengo que ir.

-No creo poder dejarte hacer eso- revela el individuo, con pistola en mano-. Es matar o morir, nena. Sinceramente, habría preferido no hacerlo.

El sonido del disparo te perfora el pecho sin piedad.

#Pasá al apartado (G).

(G)

Despertás bruscamente entre la suavidad de las sábanas, rodeada de colillas de cigarrillos y una novela de Ed McBain. Estuviste soñando, nuevamente. Es ese donde conocés a un misterioso hombre al que tenés  que asesinar, mientras tu corazón te indica siempre lo contrario. Te decidís a dejar la bebida y las historias de policial negro baratas. Fue uno de esos sueños recurrentes. Pero, si es así… ¿por qué tu cuello huele a colonia de hombre?

Seudónimo: Ironlx_87

Autor: Luciano Sívori

MENCIÓN ESPECIAL:

EL PROFUNDO SUEÑO DE LA MUERTE

Al fin había muerto.

Ciento veintisiete años ya eran demasiados para los ansiosos herederos de Archibaldo Viet, multimillonario; de esos que de la nada amasan fortunas incalculables y que la guardan celosa y casi eternamente.

Murió en su cama. Un notorio desorden en la mesa de luz y especialmente, en su escritorio, hicieron despertar una ligera sospecha que determinó que la jueza de turno estableciera una autopsia para confirmar la naturaleza del fallecimiento. Sin duda, la magistrada no conocía al occiso. Archibaldo Viet se destacaba, precisamente, por ser una persona absolutamente desordenada.

La fiel ama de llaves comentaba en su círculo más íntimo sobre la notoria característica que distinguía al anciano: medias colgando de los percheros, revistas en la heladera, almohadas en la bañera y anteojos que nunca se encontraban (veinte nuevos pares hubo que hacer en los últimos seis meses). Pero no había queja en la voz de Ramona, sólo tristeza.

Para los familiares la resolución era absurda (¿autopsia a un hombre de ciento veintisiete años?), y una insoportable prolongación de los deseos.

Ninguno de sus hijos pudo disfrutar de la fortuna del padre, todos apostaban a la herencia y él los sobrevivió, uno por uno.

Sólo quedaban como herederos directos dos nietos solterones que ya fantaseaban con su promisorio futuro.

El burocrático trámite llevó su tiempo (interminable para los hermanos).

Al fin los forenses llegaron a una conclusión inapelable, asentada en un informe elevado a la jueza de la causa.

A fojas uno señalaban: habiéndose procedido, por orden de Su Señoría Doña Herminia Balanz, Jueza de Primera Instancia del Fuero Penal, a la realización de la autopsia del señor Archibaldo Viet, documento de identidad número 12.033, esta Junta Médica llega a la siguiente conclusión: Al no encontrar factores intencionales que sean atribuibles al estado actual del mencionado y que al no hallar causas naturales que puedan haber producido la situación reinante del ciudadano en cuestión, se declara al señor Archibaldo Viet como “clínicamente vivo”.

Al mismo tiempo, esta Junta manifiesta que el ciudadano Viet no se halla encuadrado en un típico cuadro comatoso; en realidad, se encuentra (según nuestro saber y entender) sumido en un profundo sueño, dormido -al igual que sus órganos vitales- sin aparentes deseos de despertar.

De inmediato, la Jueza falló restituir al hombre a su lecho y determinar que se lo dejara dormir hasta que se demuestren signos mortales.

Los familiares, indignados, apelaron la medida, sin éxito. Aunque más no fuera querían que se procediera a despertarlo (así lo veían más vulnerable).

La desesperación los movilizó, ya ambos estaban pisando los ochenta y querían disfrutar de aquella fortuna sus últimos años de vida (ninguno creía posible alcanzar la longevidad del abuelo).

Lo decidieron rápidamente, hasta se convencieron que sería lo mejor para el viejo, que –aunque no lo demostrara- seguramente estaría sufriendo.

Esa noche, excusas de por medio, ambos se quedaron a dormir en el caserón. Ramona les preparó la cena.

A medianoche, los nietos fueron a “aliviar” el padecer del anciano y ayudarlo a alcanzar el descanso eterno.

El lecho vacío y la luz en la cocina desbarataron sus planes.

Don Archibaldo Viet comía a dos manos, casi con desesperación.

Se sorprendió con la visita pero, inmerso en las fuentes, sólo atinó a invitarlos a compartir la cena.

-No, gracias abuelo. Ramona ya nos cocinó pescado.

-¡Qué raro! –pensó-. Ramona nunca hace pescado.

Todos se fueron a dormir.

A primera hora, llegó una ambulancia. Al rato, la segunda.

Muerte por intoxicación determinaron los forenses.

No hubo velatorio. Al entierro sólo asistieron Archibaldo Viet y Ramona, su fiel servidora.

Seudónimo: Alikike

Autor: Gustavo Eduardo Green

 

RECONOCIMIENTO DEL JURADO:

LA REBELIÓN DE LOS PIOJOS

Ya era hora. Los ruidos a tacones desvencijados por los pasillos le indicaban a Melisa que ya era hora de levantarse. La rutina continuaba con la voz de su hermana poseída por la mezcla de alcohol y vaya a saber qué cosa que le mintieron, era de la buena, cantando los temas de aquellos que solo conocía a través de la tele, en los programas de fin de semana. Era el único momento en que se permitía soñar, sentirse otra vez adolescente… Melisa sabía que ése, sería también su destino irremediablemente.

El mate cocido la abrigó del invierno que era más invierno en la casilla de chapas de cartón, y le dio energías para seguir. Después lo de siempre, buscar, revolver, algo que desde el lugar de inútil que alguien le dio, se pueda transformar en un plato de fideos calentitos para la noche… o, si lo puede esconder, ese pantalón que vende “la Paragua”, el que tiene colores que harían que parezca alegre…

A las siete estaba de regreso. Con mucha suerte hoy la maestra le daría un par de  medias. Seguramente así sentiría menos el frío.

Miró a su seño nueva. Era tan linda como las mujeres que salen en la tele. Ella sabía que iba a tener una maestra nueva así que la noche anterior le había dibujado una casita linda, que ella imaginaba calentita y preciosa, coronada con un sol sonriente.

Al pasar a su lado le dio con timidez su dibujo y sus ojos negros buscaron una sonrisa. Ella guardó la hojita en el bolsillo y siguió charlando. Es rara, pensó Meli…

La mañana fue distinta, su señorita casi no las miraba, les preguntaba mucho y los retaba, su intuición le decía que iba a ser un año difícil.

A media mañana escuchó su nombre, tuvo miedo, las preguntas parecían navajazos, cayendo con impertinencia sobre su realidad. El miedo se convirtió en un gigante que no la dejaba contestar, el frío, el hambre, eran su único pensamiento, en su mente estaba fijo el olorcito del guiso que venía del comedor ¿Qué le importaba si Colón, las tablas y los problemas? Si su estómago le recordaba que anoche no hubo nada en la mesa. La cara de su maestra se transformaba. Melisa se sintió chiquita y humillada, cómo explicar que no tenía para el lápiz, para el libro, ¿Cómo explicar si la voz sonaba acusadora y los gestos pusieron distancia desde un primer instante? ¿Sabría la seño que ella nunca había visto un tapado tan lindo, y que le gustaría dárselo a su mamá para que tape a sus hermanitos, o se proteja cuando salían a la madrugada? ¿Sabría de la Samantha, que lloraba a la noche, porque su papá le dijo que no podían tener una boca más en la casa, y porque le decía que seguro era hijo de un vago, y de la tristeza de sus ojos cuando dejó de contarle las historias el sobrinito chiquito que crecía como un secreto en su pancita casi de nena?

La seño sólo quería que respondiera cosas que estaban más allá de su realidad… Allí fue cuando sucedió.

Dicen que el dolor y el miedo de Melisa se transformaron en rabia, y que ella no sabía qué hacer con ese sentimiento, tenía miedo de que la echaran, o no la dejaran comer el guisito de todos los mediodías, supo que ella no les pertenecía, que vaya a saber por qué estaba en ese barrio que era de ellas y que siempre había tenido seños amables y de risa transparente, ese día pasó.

Cuando salía del cole, encontró su dibujito tirado en un charco. Rescató su casita, su sol y se los guardó cuidadosamente con mucha pena.

Esa tarde, la seño y sus amigas estaban en un bar, muy lejos de la casa de Melisa, riendo y ridiculizando a esos chicos que sólo buscaban un poco de afecto y la llave mágica del conocimiento para salir de su triste realidad.

Nunca abrazó a sus alumnos como sí lo hacía la seño de primerito, pero sin embargo esa noche la maestra sintió molestias en la cabeza. Sintió vergüenza porque al día siguiente tenía un compromiso importante, maldijo a los niños de la barriada humilde y se prometió no acercarse más de lo necesario. Eliminó las molestias, pero sin embargo, desde ese día, cada vez que rechazaba un dibujo, o cuando se burlaba de los nenes, sentía nuevamente la molestia  en la cabeza. Dicen que un día una de sus amigas fue a observar a los niños desde su auto, como quien va al zoológico, dicen que esa tarde fueron dos las que ridiculizaron a los nenes y paradójicamente, ambas conocieron el rigor de esos insectos que, ellas decían que eran la marca de la mugre… y luego de a poco, aunque nunca se comentara por lo vergonzosa de la situación, los bichitos fueron acomodándose en más y más cabezas llenas de ínfulas pero vacías de sentimientos, los chicos nunca supieron que eran motivo de gracia muy lejos de sus casitas de chapa cartón, pero sin embargo, Melisa cada noche sentía que ya no la molestaban más los piojitos, esas noches se abrazaba fuerte a su vieja muñeca y sonreía… sabía que mientras existiera gente insensible, los piojos emigrarían más y más hacia barrios con casitas que ella nunca podría dibujar porpue eran más lindas que las de la tele, aunque les faltaba el calor de la bondad.

Seudónimo: Cassandra

Autora: Liliana Beatriz Nieva